El declinar de la vida

Capítulo del libro La psique y sus problemas actuales, Santiago de Chile: Editorial Zig-Zag, traducido por Eugenio Imaz, s.f., pp. 189-207. Fue escrito en 1930, cuando Jung tenía 55 años.

 

Este artículo está dirigido a las personas que , sobre todo, han pasado el meridiano de su vida, y se dirigen inexorablemente a la vejez y a muerte. Es un sensacional análisis que nos hace comprender los cambios que se producen en nostros a los largo de nuestra vida. Es una denuncia contra el deseo de ser "Eternamente Joven" que la sociedad actual nos inculca, y es por eso por lo que nuestra sociedad va mal, ahora especialmente, en que en Europa abundan los viejos y escasean los jóvenes, se hace necesario reflexionar sobre esta cuestión vital, donde religión y psicología están íntimamente unidas

 

Tratándose de problemas, nos negamos instintivamente a deambular entre oscuridades y confusiones. No queremos saber más que de resultados claros, olvidando completamente que estos resultados no los podemos captar si no es atravesando las oscuridades. Pero para atravesar la oscuridad tenemos que recurrir a todas las posibilidades de ilustración o esclarecimiento que nuestra conciencia posee ; como decía, tenemos hasta que especular. Porque al ocuparnos de la problemática psíquica topamos de continuo con cuestiones de principio que las diversas especialidades universitarias se atribuyen como dominios exclusivos. Inquietamos e indignamos a los teólogos no menos que a los filósofos, y al médico no menos que al pedagogo, y hasta rastreamos por las regiones propias de los biólogos y de los historiadores. Estas extravagancias no son producto de nuestra fantasía desbocada, sino que se explica por la circunstancia de que el alma del hombre es una mezcla particularísima de factores que son, al mismo tiempo, objeto de ciencias especiales. Porque el hombre ha engendrado las ciencias de sí mismo y de su propia complexión. Son síntomas de su propia alma.

Cuando más nos aproximamos al mediodía de la vida y cuanto más ha logrado uno afirmarse en su postura personal y en su situación social, en tanto mayor grado pretendemos haber descubierto el curso certero de la vida y los ideales y principios justos de la conducta. Por eso, presuponemos su eterna validez y nos hacemos una virtud de la perpetua fidelidad a los mismos. Pasamos por alto una realidad esencial, a saber : que el logro del fin social se ha realizado a costa de la totalidad de la personalidad ; mucha vida, demasiada vida, que pudo haber sido vivida por nosotros, quedó arrumada en el rincón de los empolvados recuerdos, a veces ascuas escondidas entre cenizas.

¿O acaso no se trata en el fondo más que del temor a la muerte ? No me parece muy probable porque, por lo general, la muerte está muy lejana y se presenta como algo abstracto. La experiencia enseña que el fundamento y causa de las dificultades de este tránsito están ocasionados por un cambio profundo y notable operado en el alma. Para caracterizar este fenómeno voy a servirme del curso diario del sol. Imagínense un sol animado de sentimientos humanos y que posee la conciencia humana del momento. Por la mañana surge del mar nocturno del inconsciente y va paseando su mirada por el anchuroso y abigarrado mundo, en ámbitos cada vez más amplios a medida que sube en el horizonte. Con esta expansión de su campo de acción que la ascención va produciendo, el sol se irá haciendo cargo de su misión y considerará que su fin último consiste en subir cada vez más, repartiendo con la mayor amplitud posible sus bendiciones, Con este convencimiento, el sol alcanza el cenit de improviso -de improviso porque su existencia individual única no podía saber de antemano el punto de culminación-. Desde las doce del mediodía comienza el descenso, el cual es la reversión de todos los valores e ideales de la mañana. Parece como si el sol recogiera sus rayos. Luz y calor disminuyen progresivamente hasta la extinción total.
Todas las comparaciones son deficientes. Pero esta comparación no lo es en más alto grado que otras. Hay un proverbio francés que expresa cínica y resignadamente la verdad de esta comparación: Si jeunesse savait, si vieillesse pouvait (en español sería más o menos: "Si la juventud supiera, si la vejez pudiera").
Afortunadamente no somos nosotros, los hombres, soles; de lo contrario mal andarían nuestros valores culturales. Pero hay algo de naturaleza solar en nosotros, y mañana y primavera, tarde y otoño de la vida no son meras expresiones sentimentales, sino verdades psicológicas; más todavía, realidades fisiológicas, porque el descenso del mediodía invierte también cualidades corporales. Especialmente entre los pueblos meridionales, se observa que las mujeres de edad poseen voces broncas y profundas, bigotes, rasgos marcados y desarrollan también en otros aspectos diversos caracteres masculinos. Recíprocamente, el "habitus" físico del hombre se suaviza con rasgos femeninos, como la adiposidad y los rasgos blandos de la cara.
La literatura etnológica nos suministra una interesante información acerca de un cabecilla y guerrero indio a quien en el atardecer de su vida se le apareció el gran espíritu en sueños, y le anunció que desde aquel momento tendría que sentarse con las mujeres y los niños, vestir trajes femeninos y comer la comida de las mujeres. Obedeció al sueño, sin padecer con ello en su reputación.
Esta visión es expresión fiel de la revolución psíquica meridiana, del comienzo de la puesta o la caída. Los valores y hasta el cuerpo mismo, revierten en sus contrarios o cuando menos muestran una tendencia en ese sentido.

Se podría parangonar lo masculino y lo femenino, junto con las cualidades psíquicas correspondientes, con cierto caudal de sustancias que en la primera mitad de la vida son utilizadas en proporciones diferentes. El hombre consume su gran acopio de sustancia masculina y conserva indemne la pequeña cantidad de sustancia femenina que empieza a ser aplicada ahora. La mujer hace lo recíproco.
Pero, más que en lo físico, este cambio se hace notar en lo psíquico. Ocurre muy frecuentemente que el hombre entre cuarenta y cinco y cincuenta años resulta un manirroto y es la mujer la que se pone los pantalones. Hay muchas mujeres que alcanzan responsabilidad y conciencia sociales luego de los cuarenta años. En la vida moderna de los negocios, especialmente en Norteamérica, el llamado break down, la crisis nerviosa, es un acontecimiento extraordinariamente frecuente a partir de los cuarenta. Si estudiamos la víctima, veremos que lo que se ha desmoronado y declarado en crisis es el estilo varonil, y nos ha quedado un hombre afeminado. Recíprocamente, se observa en los mismos círculos de negocios, mujeres que en esos años desarrollan una extraordinaria masculinización y vigor de entendimiento, desplazando el corazón y el sentimiento a un segundo plano. A menudo también, estas transformaciones son acompañadas por catástrofes matrimoniales de todo tipo, lo que se comprende fácilmente si se piensa que el hombre descubre sus tiernos sentimientos y la mujer su inteligencia.
Lo peor, en estos casos, es que hombres cultos e inteligentes penetran en esa etapa sin prever en absoluto la posibilidad de tales cambios. Sin preparación alguna penetran en los dominios de la segunda mitad de la vida. ¿O es que acaso existen, en alguna parte, escuelas para hombres de cuarenta años que les preparen para la vida por venir y sus exigencias especiales, del mismo modo que las escuelas preparan a nuestra juventud, introduciéndola en el conocimiento del mundo y de la vida? No, empezamos a bajar la cuesta absolutamente sin preparación; peor todavía, lo hacemos equipados con el falso prejuicio de nuestras verdades e ideales de "hasta el día". Pero no es posible que vivamos la tarde de la vida lo mismo que la mañana y con el mismo programa. Porque lo que para la mañana es mucho, para la tarde será poco, y lo que fue verdad antes, será falso ahora. He tratado muchas personas de edad, asomándome a las cámaras secretas de sus almas , para no estar impresionado de la verdad de esta regla fundamental.

El hombre que envejece debiera saber que su vida no asciende ni se ensancha, sino que hay un proceso interno implacable que fuerza a restringirla. Para el hombre joven es casi un pecado, o por lo menos un peligro, ocuparse demasiado de sí mismo; para el hombre que envejece es un deber y una necesidad estudiarse a sí mismo con toda seriedad. El sol, recoge sus rayos para iluminarse a sí mismo, luego que ha prodigado su luz por el mundo. Pero muchos prefieren ser hipocondríacos, avaros, típicos miserables o eternos jóvenes, lo cual es un menguado sucedáneo del esclarecimiento de sí mismo y consecuencia inevitable de ese desatino que supone que la segunda mitad de la vida tiene que ser regida con los principios que lo fue la primera
Dije que no poseemos escuelas para hombres en los cuarenta. Esto no es absolutamente cierto. Nuestras religiones son desde hace mucho tiempo, escuelas de este tipo o lo han sido alguna vez. ¿Pero, para cuántos lo son hoy todavía, cuántos de entre nuestros hombres mayores han sido educados, de una manera efectiva, en unas escuelas semejantes, para el misterio de la segunda mitad de la vida, para la vejez, para la muerte y la eternidad? El hombre no llegaría a los setenta ni a los ochenta si esta prolongación de la vida no correspondiera al sentido de su especie. Por eso la tarde de la vida debe poseer sentido y fin propios, y no hay razón para que sea un mero apéndice miserable del mediodía. El sentido de la mañana es sin duda alguna el desenvolvimiento del individuo, su afirmación y propagación en el mundo exterior, y sus cuidados por la prole. Este es el fin visible de la naturaleza; pero una vez cumplido este fin, cumplido con abundancia, ¿debe continuar, rebasando todo sentido racional, la conquista del dinero y del rango, la expansión de la existencia? Quien trastoque en tal medida la ley de la mañana, esto es, la finalidad de la naturaleza, a la tarde de la vida, deberá pagarlo psíquicamente, lo mismo que el joven que quiere guardar su egoísmo infantil en la edad adulta verá cómo su error será acompañado de fracasos sociales
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Ganancia, existencia social, familia, posteridad, son pura naturaleza, no son cultura. La cultura trasciende el fin natural. ¿Podría acaso la cultura constituir el sentido y el fin de la segunda mitad de la vida?
En las tribus primitivas observamos que casi siempre los ancianos son los que velan por los misterios y las leyes, y los que albergan la cultura de la tribu. Y entre nosotros, ¿dónde está la sabiduría de nuestros ancianos? ¿Dónde sus secretos y sus efigies soñadoras? Entre nosotros los ancianos prefieren casi imitar a los jóvenes. En Norteamérica lo ideal es que el padre sea hermano de su hijo y la madre, de ser posible, la hermanita de su hija.
No sé cuánto debe esta actitud equivocada a la reacción contra exageraciones anteriores de la dignidad, y cuánto a ideales falsos. Sin duda, existen estos últimos. La meta para estas personas no está adelante sino atrás. Por eso se vuelven hacia atrás. Hay que concederles: es muy difícil ver que la segunda mitad de la vida pueda tener ideales distintos de la primera; expansión de la vida, utilidad, eficacia, figurar en la vida social, la ayuda precavida a los hijos hacia un matrimonio conveniente y hacia un buen puesto de trabajo, son bastantes tareas. Pero, desgraciadamente, no albergan sentido ni finalidad suficientes para muchos que no pueden ver en la tercera edad otra cosa que la regresión de la vida y empalidecimiento y consunción de los antiguos ideales. Es cierto que si tales hombres hubieran llenado la copa de la vida hasta los bordes y apurado hasta el fondo, sentirían ahora de manera distinta, nada les hubiera quedado, todo lo que era de quemar habría sido quemado y les sería bienvenido el sosiego de la vejez. Pero no hay que olvidar que son muy pocos los hombres que saben vivir, lo cual es un arte elevado y raro. ¿Quién logra escanciar la copa de manera tan plena? Por eso, muchos hombres se quedan con restos no vividos, a menudo, posibilidades que ni con la mejor voluntad, hubiesen podido realizarse, y así, traspasan el umbral de la vejez con una aspiración incumplida, que hace que su mirada se vuelva insensiblemente hacia atrás. Y a tales hombres perjudica especialmente la mirada hacia atrás

Una visión hacia delante, una meta en el futuro, les sería imprescindible. Por esto, todas las grandes religiones contienen promesas del más allá, una meta transmundana que hace posible que el mortal viva la segunda mitad de la vida con un afán parecido al de la primera. Pero tan plausible como es para el hombre moderno ese fin de expansión y culminación de la vida, tan dudosa, por no decir increíble, le resulta la idea de una perduración más allá de la muerte. Y, sin embargo, el término de la vida, la muerte, se convierte en una meta razonable, ya porque la vida sea tan miserable que aparezca como un regalo dejar de vivirla, ya porque se posee la convicción de que el sol, con la misma consecuencia con que asciende hasta el cenit del mediodía, desciende el camino del ocaso para iluminar pueblos lejanos. Pero el poder creer, es un arte tan difícil en nuestros días, que, especialmente a las personas cultas, les es algo casi inaccesible. Nos hemos habituado demasiado a pensar que en lo que se refiere a la inmortalidad, y asuntos parecidos, existen muchas y contradictorias opiniones, y ninguna demostración convincente. Como el lema de nuestro tiempo, con fuerza absolutamente convincente, reza "ciencia", se quiere también prueba científica. Pero, aquellos de entre los cultos que piensan, saben muy bien que una demostración semejante entra en el terreno de las imposibilidades filosóficas. Nada podemos saber sobre el particular.

Me puedo permitir la observación de que, por la misma razón, tampoco se puede saber si, después de la muerte, no pasa efectivamente algo. La respuesta no es ni positiva ni negativa. Nada sabemos científicamente, sobre el particular, y nos hallamos aproximadamente en la misma situación que respecto a la cuestión de si hay habitantes en Marte, sin que a los habitantes de Marte, en caso de que existan, les afecte para nada que su existencia sea afirmada o negada. Y lo mismo ocurre con el problema de la inmortalidad y así podemos relegarlo.
En este momento me sugiere mi conciencia de médico que algo esencial queda por decir acerca de esta cuestión. He realizado la observación que una vida orientada hacia un fin es, por lo general, mejor, más rica y más sana que una vida sin finalidad y que es mejor caminar con el tiempo por delante que tenerlo detrás, a la espalda. Al médico de almas, el anciano que no puede separarse de la vida, le parece tan débil y enfermizo como el joven que no acierta a abrirse camino. Y de hecho se trata, en muchos casos, de la misma incontinencia infantil, del mismo temor, de la misma obstinación y resistencia. Estoy convencido, en calidad de médico, que es más higiénico ver en la muerte un fin hacia el cual debemos tender, y que la resistencia contra ese fin es insano y anormal, porque sustrae su fin propio a la segunda mitad de la vida. Por esa razón todas las religiones con un fin sobrenatural me parecen extraordinariamente razonables, desde el punto de vista de una higiene del alma. Si habito en una casa de la que sé que dentro de catorce días se me va a venir encima , todas mis funciones vitales estarán entorpecidas por esa idea; pero si me siento seguro contra ese acontecimiento, puedo vivir en la casa trabajando sosegada y normalmente. Desde el punto de vista de la salud mental, es recomendable el poder pensar que la muerte no es más que un tránsito, una parte de un proceso vital desconocido, grande y prolongado.

Aunque la gran mayoría de los hombres no sabe para qué necesita el cuerpo el cloruro de sodio, todos lo buscan, en virtud de una necesidad instintiva. Así ocurre también con las capas psíquicas. La gran mayoría de los hombres ha sentido, desde siempre, la necesidad de perduración. Por esta razón nuestra constatación no nos desvía, sino que nos coloca en medio de la calle mayor de la vida humana. Pensamos a tono con el sentido de la vida, aunque no comprendamos lo que pensamos.
¿Es que comprendemos alguna vez lo que pensamos? Entendemos únicamente aquel pensar que no consiste más que en establecer una igualdad, de la que no sacamos nada más que aquello que hemos puesto en ella. Pero por encima del intelecto hay un pensar con imágenes primigenias, con símbolos más viejos que el hombre histórico, congénitos en él desde los primeros tiempos, y que sobreviven a todas las generaciones, llenando desde siempre de una manera viva los fundamentos de nuestras almas. Una vida plena no consiste en volver a ellos. En realidad no se trata de fe ni de saber, sino del acuerdo entre nuestro pensamiento y las protoimágenes de nuestro inconsciente, matrices irrepresentables de aquellas ideas que nuestra conciencia acaba pensando siempre. Y una de estas idea primordiales es la de la vida más allá de la muerte. No hay relación posible entre la ciencia y estas imágenes primordiales. Son datos irracionales, condiciones a priori de la imaginación, con la que, en último término, se identifican, y la ciencia sólo a posteriori puede investigar su adecuación y justificación, así como por ejemplo, la glándula tiroides pudo ser considerada antes del siglo XIX, como órgano sin significación alguna. Las protoimágenes son para mí algo así como órganos psíquicos a los que concedo la mayor importancia; así que me atrevo a decir a un paciente de edad avanzada: "Su imagen de Dios o su idea de la inmortalidad está atrofiada; en consecuencia, su metabolismo psíquico anda desconcertado". Más profundo y lleno de sentido de lo que pensamos es el viejo elixir de la inmortalidad.

Voy a permitirme de nuevo volver un momento a la comparación solar. Los 180 grados del arco de nuestra vida se dividen en cuatro partes. El primer cuarto oriental es la infancia, estado sin problemas; somos problema para los demás, pero no tenemos conciencia de nuestra problemática propia. La problemática consciente alcanzan las secciones segunda y tercera, y en el último cuarto, en la vejez, nos sumergimos nuevamente en un estado en que, desentendiéndonos de nuestra situación de conciencia, volvemos a ser un problema para los demás. Infancia y vejez son manifiestamente distintas, pero tienen algo en común, y es ese sumergirse en el inconsciente psíquico. Como el alma del niño se va desenvolviendo a través del inconsciente, su psicología, aunque difícil, es más abordable que la del anciano, que vuelve a hundirse en el inconsciente hasta desaparecer poco a poco. Infancia y vejez son los estados no problemáticos de la vida; por eso no me he detenido en ellos.

 

SEA

 

 
Comunidad Odinista de España-Asatru 1981-2008